
Una magnífica síntesis de estas “tres grandes Vías” la ha realizado el teólogo catalán Prof. Javier Melloni Ribas, en su trabajo: “Ejercicios y Tradiciones de Oriente”:
La cristificación que antes mencionábamos se realiza a través de la búsqueda y entrega a la voluntad de Dios sobre la propia vida. Ello implicará aprender un tipo de conocimiento: el discernimiento de esa voluntad.
En cambio, lo que el Yoga busca es un estado de absorción en la no-dualidad llamado samadhi. Esta cima constituye el octavo paso de una progresión que veremos más adelante. Los diferentes ejercicios yóguicos pretenden purificar los obstáculos que impiden al ser individual fundirse con el Absoluto.
En cuanto a la práctica Zen, lo que pretende es alcanzar el satori, cuyas características son distintas del samadhi hindú: no busca un estado de absorción, sino de lucidez y de despertar. Satori significa precisamente esto: “iluminación”, “despertar”. Lo que pretende el Zen es que el practicante se abra a la totalidad de lo Real, trascendiendo la cautividad egocéntrica del yo. Por ello, lo específico de la meditación Zen es que, a diferencia de la meditación yoga, se practica con los ojos semiabiertos. Ello se debe a la diversidad de propósitos: en la medida en que en el Yoga se busca el samadhi (absorción), los ojos han de estar preservados de todo contacto con el exterior; en cambio, en la medida que lo que busca el Zen es el satori, la iluminación, es importante mantener despierta la atención.
A lo largo de los Ejercicios Espirituales, se pretende alcanzar una actitud que es fundamental para que se pueda dar el discernimiento de la elección: la indiferencia. Sin ella no es posible la elucidación de la voluntad de Dios sobre la propia vida. La indiferencia es la libertad del corazón que permite la transparencia del querer de Dios. Lo que se opone a esa transparencia son los afectos desordenados. Hasta el momento de la elección, justo en el centro del recorrido, los diferentes ejercicios están dedicados a lograr desactivar las afecciones que privan de la libertad y enturbian la lucidez. En cuanto al pecado, se trata de tomar conciencia de que es algo más que una mera actitud desordenada: es la radicalización consciente del autocentramiento, lo cual tiene una dimensión teologal, en tanto que afecta directamente a la relación con Dios, con los demás y con las cosas, encerrándonos en el absolutismo de nuestro ego. La Primera Semana está enfocada a tomar conciencia de ello. A partir de la Segunda, se trabaja en positivo, tratando de atraer los afectos mediante la contemplación de Cristo, modelo de la divino-humanidad, en su vida, en su Pasión y en su Resurrección. Al mismo tiempo, hay que estar atentos a las tentaciones que vienen en tiempo de desolación, que producen detenciones o desviaciones en el camino.
En el Yoga, el término viraga hace mención de una actitud muy semejante a la indiferencia. Se puede traducir como desapego. Lo propio del yogui es lograr la desafección por todo aquello que le cause dolor o placer, es decir, conseguir la extinción de cualquier percepción autocentrada para poder estar atento a lo esencial. Nos hallamos, pues, en el mismo campo de ejercitación. Los obstáculos que impiden el camino del yoga (de la unión) son los deseos autocentrados (kâma). Son ellos los que causan la ignorancia (avidya) al hacer creer que existe un yo separado de la totalidad. La conciencia del yo autocentrado se llama ahamkara, la cual desaparece por medio de la meditación. Pero para que la meditación sea posible, hay que practicar el desapego, esto es, la indiferencia. A ello hay que añadir el vencimiento de las perturbaciones de la mente (vritti), que son los deseos inconscientes que emergen en el campo de la conciencia y enturbian la meditación.
Algo semejante sucede en el Zen: se trata de alcanzar el mu-shin, el “no-corazón”. Como en el caso de la indiferencia ignaciana (o la apatheia de los Padres del Desierto), esta expresión se puede entender mal, en cuanto que podría interpretarse como insensibilidad, ausencia de conmoción o de sentimientos ante los demás y los acontecimientos de la vida. En el Zen, como en los EE y en el Yoga, precisamente se busca todo lo contrario: “no-corazón” significa “no-autocentramiento”. Formulado en positivo, implica capacidad para poder sentir compasión por todos los seres, esa compasión (karuna) que es el estado más alto buscado en el budismo, junto con la sabiduría (prajña). Como en el yoga, los dos obstáculos son el deseo y la ignorancia. Ello nos lleva a mencionar la doctrina budista sobre el deseo, que es la base de las Cuatro Nobles Verdades pronunciadas por Buda. La primera verdad es que el ser humano vive en el dolor; la segunda, es que la causa del dolor son los deseos. Hay que comprender bien a qué tipo de deseos se estaba refiriendo Buda para que los considerara la raíz del sufrimiento. La palabra que utilizó no fue kâma (traducible por eros), sino trishna, traducible por avidez. Es decir, el deseo que es fatal no es el movimiento que nos hace sentir vivos y salir de nosotros mismos hacia los demás, sino la avidez autocentrada. Se trata, pues, de algo muy semejante a las afecciones desordenadas de San Ignacio. Ello nos lleva a la tercera verdad: que es posible dejar de crear sufrimiento mediante el desapego. Y ella a la cuarta, que es la óctuple vía que Buda propone para desapegarse: visión correcta, comprensión correcta, habla correcta, acción correcta, medio de vida correcto, diligencia correcta, atención correcta y concentración correcta. En ésta última es donde hay que situar la práctica del Zen: como un adiestramiento para la concentración correcta. Práctica que es inconcebible sin las vías anteriores.
por JAVIER AKERMAN
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